Ustedes se dirán ¿qué tendrá que ver la Veterinaria con la cocina?
Mucho y nada, mucho porque los veterinarios certifican que los animalitos que nos comemos hayan muerto en “buen estado de salud”, chequean los alimentos desde el punto de vista bromatológico…¿qué nos pasaría si nos comiésemos un rico salame elaborado con carne de un animalito que no haya muerto en “buen estado de salud” y además tuviera más bacterias que el demonio…y nada porque a no todos los veterinarios les gusta la cocina como a mí y solo se dedican a lo suyo.
El hecho es que me gradué de veterinario para alegría de mi mamá y después de cocinero para “desalegría” de mi mamá que la primera vez que fue a comer mi primer restaurante restaurante, «El Gorro Blanco”, y me vio vestido de cocinero casi se infarta y se disculpaba diciéndole a sus amigas que había faltado el cocinero y había tenido que reemplazarlo ese día…lo que no entendía la pobre era que ese era mi trabajo en el restaurante…claro que pasó el tiempo me fui haciendo conocido y apareciendo en diarios y revistas y entonces ya dejó de disculparse con las amigas para empezar a decirles…”ese es mi nene!!!!”.
Antes de ese restaurante había tenido sandwicherías, rotiserías, bares, discoteques y de todos esos lugares que tienen que ver con el servicio del “bebercio” y del “comercio” como decía un amigo que no sé por dónde andará ahora, pero mi mamá los veía de lejos y no se enteraba qué es lo que “su hijo, el dotor” hacía en esos lugares, seguro que se imaginaba que era un magnate detrás de un escritorio.
El asunto es que dejé la veterinaria y me dediqué a la cocina, pero nada es porque sí. Siempre viví rodeado por la cocina sin darme cuenta.
En casa hubo siempre una empleada «de adentro» (algo así como empleada de la casa y mesera) y una cocinera (eran otros tiempos, claro) y se hacía un culto por la comida, almuerzo y cena eran de rigurosos entrada, plato principal y postre, la «mesera» hacía servicio a la francesa y nada de repetirse algún menú durante la semana, lo más que podía pasar es que mi madre hiciera alguna “reingeniería” de alguna sobra…algunas de esas obras eran maravillosas pero lamentablemente no podían repetirse ya que no siempre sobraba lo mismo.
Mi madre anotaba todas las recetas y todavía conservo sus cuadernos, pero no anotaba sus reingenierías.
Para que se entretengan les daré algunas de las recetas de aquella época reinventadas ahora por mi y que pueden encontrar en el Libro de Cocina, como por ejemplo el Lenguado de 1939 (mamá lo llamaba arrolladitos de lenguado nomás).
